3 mar. 2014

Silencio a voces.

Hacía mucho tiempo que no me ponía delante de la pantalla a escribir un dramón. Supongo que porque no lo he vuelto a necesitar desde que tengo esa fuerza extra que me dan ellos. Pero hoy lo necesito especialmente, llámalo saturación de datos, si quieres.

Suena el teléfono, y prefiero no coger. Me apetece sentarme aquí, y volver a poner la mente en blanco.
Hoy, por circunstancias, vuelvo a sentir esa distancia que a pesar de no haberse ido nunca, notaba menos. La noto cerca, la noto potente. Vuelve para hacerme daño otra vez. ¿Pánico? Es probable.
Vuelvo a tener ese miedo atroz a no ser capaz de acostumbrarme. Cuando parece que he nacido para ello.

Lo que me vuelvo a preguntar, en mi faceta tan victimista, es... ¿por qué cojones siempre pasa lo mismo?
Sé que en parte es merecido por haberme aferrado de nuevo a algo tan frágil. A algo que rompe en seguida, que está en constante cambio. Pero, y nuevamente, no lo he hecho aposta. Sin querer me metí de lleno en este mundo tan bello y tan difícil. Tan real y tan falso a la vez.

Lo reconozco. Nunca, jamás he sido capaz de acostumbrarme a la distancia. Y sé que no lo haré en mi vida. No soy capaz de verlo de otra manera, de sentirlo de forma diferente. Y me pregunto si de verdad eso se puede hacer. ¿Se puede querer a distancia? Sí, sí que es cierto que se puede, si siempre lo has hecho así. Mejor vuelvo a preguntar. ¿Se supera el cambio? Sí, hablo de esa despedida... de acostumbrarse a ya no tener a esa gente cerca. A cambiar tu vida, de alguna manera. A que esas costumbres pasen a desaparecer de repente, por mucho que se te avise tiempo atrás. Por mucho que lo estés viendo llegar.

He llegado a tal saturación de datos, que yo ya no sé qué es lo correcto. Qué hacer o qué decir ante esto. Lo que se debe hacer, cómo afrontarlo para que duela menos. ¿Para que duela menos? ¿Se puede?

Lo he vivido tantas veces, y todas esas veces han sido tan diferentes... Sigo viva, claro que sí, pero nunca ha sido lo mismo.

Tal vez, y sólo tal vez, sea miedo a que se vayan y no vuelvan.
Porque tras una despedida te arriesgas a no tener un reencuentro.

La puta incertidumbre. El poder del silencio a voces.